En muchos proyectos, el tratamiento de aguas residuales se enfoca en remover sólidos y materia orgánica, pero olvida un paso clave cuando el agua tendrá contacto con personas o se busca reúso: la desinfección. Desinfectar no significa “hacer potable” el agua; significa reducir microorganismos a niveles controlados para el objetivo definido.

Tres opciones comunes son cloración, radiación UV y ozono. La cloración suele ser la más conocida y, en muchos escenarios, costo-efectiva. Funciona bien cuando se controla la dosificación y el tiempo de contacto. Su reto es el manejo seguro del químico y la necesidad de ajustar dosis según variación del agua: no es “una dosis fija para siempre”.

La UV desinfecta sin agregar químicos, lo cual puede ser atractivo en proyectos donde se quiere reducir manejo de sustancias. Sin embargo, requiere que el agua tenga baja turbidez y buena claridad; si el efluente sale con sólidos o color, la UV pierde eficacia porque la luz no penetra de forma uniforme. Por eso, la UV suele ir después de buena clarificación y, a veces, filtración.

El ozono es una alternativa potente que puede aportar beneficios adicionales (como oxidación), pero suele implicar mayor complejidad y control. No siempre es necesario; conviene cuando el objetivo del proyecto lo justifica.

¿Cómo elegir? Parte de tres preguntas: (1) ¿para qué usarás el agua?, (2) ¿qué tan estable es tu efluente?, (3) ¿qué tan robusta quieres la operación? Si tu agua cambia mucho, la estrategia debe contemplar control y monitoreo. Y si tu planta aún no está estable, la prioridad suele ser estabilizar tratamiento antes de sofisticar desinfección.

¿Siempre debo desinfectar? Depende del uso del efluente y del objetivo del proyecto.

¿UV sirve con agua turbia? Pierde eficacia si no hay buena clarificación/filtración previa.

¿Cloro es lo más barato? Suele ser costo-efectivo, pero requiere control y manejo seguro.